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sábado, agosto 16, 2008

Rumbo a Japón

Yo salía de Madrid a las 07:40 y llegaba a Munich a las 10:10.
A había partido de São Paulo el día anterior y ya llevaba varias horas esperándome en el aeropuerto.
Nuestra planificación e ingeniería de viajes había localizado una escala para que una brasileña y un español, afincados (de momento) en sus respectivos países de origen, pudieran viajar juntos a Japón.

Esa mañana, cogí el avión habiendo dormido poco, no porque fuera pronto (que lo era), sino porque, para variar, estuve hasta horas intempestivas terminando de hacer la maleta.
Al sentarme, sin embargo, comprobé que mis ojos y mi percepción estaban más abiertos que de costumbre.
Ávidos de imágenes.
De novedad.
De Viaje.
Así que disfruté del vuelo:
Las estribaciones secas, suaves y amplias de los Pirineos;
las cumbres blancas, los perfiles agrestes y el verdor de los Alpes;
la textura de las nubes;
la vista de Ginebra, literalmente encajada entre montañas, poblando la orilla norte del alargado lago Leman;
una cresta afilada y una sucesión de picos dispuestos como una espina dorsal;
algunos bosques… Debería haber más. Y más grandes.
De pronto: ¡Munich!

Teníamos ganas de tocarnos, de besarnos, de contarnos y de preguntarnos mil cosas.
Después de un rato, decidimos hidratarnos a base de cerveza germana.
Comenzó a sonar “Other side” de Red Hot Chili Peppers. Después, “Big in Japan” de Alphaville.
“¡Qué propio! ¡Y qué buenas!”, pensé, y me acordé de aquella vez en aquel restaurante de São Paulo en el que las notas de la versión acústica de “Summer of 69” de Bryan Adams me pusieron la carne de gallina.
Hay canciones que llevamos con nosotros.
O quizá nos acompañan porque vibran a la misma frecuencia que nuestras emociones.
A se puso la camiseta de la selección española de fútbol (¡Campeona de Europa!) que le acababa de regalar.
Yo cogí mi moleskine y, remedando a mi amiga la Srta. Honeychurch en su viaje a Japón, escribí el haiku del día:

Cerveza de trigo, salchicha alemana y,
en los ojos de mi Amor,
el sueño de Japón

lunes, mayo 19, 2008

Cracker


Todo comenzó en octubre del 2007.
Estábamos cenando en el
Druk Hotel de Thimphu, Bhutan, después de una semana de trek estupenda hasta el campo base del Chomolhari (7.326 m).
Mientras el camarero nos preguntaba de dónde éramos, qué tal había sido nuestro día y qué nos parecía Bhutan, yo trataba de averiguar si era un intento de practicar inglés o la repetición de una cantinela de atención al cliente para la que le habían adiestrado.
Sus facciones parecían indias, como las de la multitud de obreros que trabajan en la construcción de carreteras en el reino del Dragón de Trueno. Pero, luego, al referirse a Bhutan como su país, me di cuenta de que pertenecía a la minoría de habitantes de etnia nepalí. Era novedoso para nosotros, porque la gran mayoría de la población es prima-hermana de los tibetanos en cuanto a rasgos y cultura.

“You are very strong”, dijo, de pronto, mirándome fijamente.
Hombre, que se lo digan a Jorge, que va al gimnasio desde hace años, vale, pero... ¿a mí?
Nos empezamos a reír, con cierto nerviosismo, en mi caso, y con incredulidad, en el caso de Jorge y Jose, hasta que el camarero nos aclaró que yo le recordaba a un luchador de Pressing Catch que lleva un pañuelo rojo en la cabeza parecido al mío.
¡Ah!
Esa noche, martes, en un Om Bar casi desierto, nos acodamos a la barra con una cerveza y nos pusimos a ver la televisión. La programación era casi exclusivamente cricket y... ¡Pressing Catch!
Ninguno de los sujetos llevaba pañuelo, pero, con dos compañeros de viaje como los míos, el mal ya estaba hecho y, mi fama de luchador, lanzada irremisiblemente.
Unos días después, regresando del valle de Punakha hacia la capital, paramos en un pueblo a estirar las piernas. A la salida de un colegio, comenzamos a charlar con tres chavales de 8 años: uno, de ojos muy rasgados y sonrisa generosa, con pinta de ser más listo que el hambre; otro, moreno, con ojos grandes, entre indios y nepalíes, que no se quedaba atrás; y el tercero, de mirada pícara, que parecía el más simpático y travieso del grupo.
Tres niños encantadores que hablaban inglés por los codos, como todos los niños en Bhutan.
Nos estuvieron enseñando sus mochilas, sus cuadernos del colegio y sus estuches. Jorge y Jose se percataron de que llevaban pegatinas de luchadores de Pressing Catch, así que se apresuraron a decirles que yo también lo era.
Se les iluminó la cara.
De repente, sólo tenían ojos para mí, llenos de entusiasmo y admiración.
Y una inmensa y deliciosa curiosidad.
Les comenté que trabajaba en muchos países y que mis combates todavía no se emitían en la vecina India o en Bhutan porque una televisión americana tenía la exclusiva. También les dije que, efectivamente, era muy fuerte y, aunque solía ganar siempre, me apiadaba de mis adversarios y trataba de no hacerles demasiado daño…
Claro, también me preguntaron cuál era mi nombre.
…
A mi mente podrida acudió un sin fin de nombres, más propios de un actor porno consagrado que de un luchador.
No podía pronunciarlos delante de unos niños estupendos que ya se encargarían otras experiencias de estropear.
Así que Jorge vino en mi ayuda y, antes de sucediera una catástrofe, espetó: “¡Cracker!”
Así nació mi leyenda de luchador en Bhutan.

jueves, mayo 15, 2008

Once




Es lógico que Norbi la recomendara.
Once es una película donde la música está presente todo el tiempo.
La película es música.
Aunque también es cierto que la banda sonora sin las imágenes, sin la historia, constituye una experiencia incompleta.
Quedaba poca gente por embarcar y el avión se disponía a despegar rumbo a Sao Paulo, rumbo a mi Amor.
Rumbo a A.
Mi tarjeta de embarque rezaba [vuelo] IB 6827 [puerta] RSU [embarque] 23:30 [asiento] 34L.
Tenía preasignada la ventanilla, pero, al ir a sentarme, comprobé que un señor mayor ya la había ocupado. Así que me senté a su lado celebrando la posibilidad de estirar las piernas por el pasillo.
Me dio tiempo a descalzarme, a ojear unas cuantas páginas del periódico y a encajar en el bolsillo del asiento la guía de Japón que me había propuesto estudiar durante el viaje.
De pronto, otro pasajero se paró a mi lado y, muy amablemente, me hizo saber que yo ocupaba su asiento.
Vaya.
El señor mayor se debía de haber confundido de fila.
Sacamos las tarjetas de embarque y comprobamos, sorprendidos, que los dos teníamos asignado el mismo asiento. Así que le entregué las tarjetas a una azafata para que hiciera las comprobaciones oportunas.
Me comentó que era extraño, que el vuelo estaba lleno y que vería lo que se podía hacer.
Yo comencé a imaginarme las 10 horas de vuelo sentado con la tripulación...
O en el suelo.
Lo único que tenía claro es que no me iba a bajar de aquel avión por mucha confusión u overbooking que pudiera haber habido.
Estuvimos esperando un ratito los dos señores brasileños y yo, comentando, muy educadamente y en portuñol, lo curioso de la situación, hasta que una azafata distinta de la anterior se acercó, preguntó por el “Sr. Rejón” y me tendió una tarjeta de embarque con “mi nuevo asiento”: ¡2H!
Cogí mi mochila y mi chaqueta azul con las letras b, r, a, s, i, l bordadas, me despedí de mis compañeros y me dirigí exultante a la zona Business.
En los vuelos de Iberia que cruzan el charco, los asientos de la zona Business son enormes, se tumban casi como una cama, las azafatas son amabilísimas, te ponen una copita de vino antes de cenar, luego un mantelito y unos cubiertos de verdad, tienes una pantallita giratoria sólo para ti y un montón de películas de estreno donde elegir.
Yo me sentía un poco Alfredo Landa, con mi copa de vino dulce en una mano y mi segundo postre en otra.
Antes de dormir durante más de 6 horas seguidas, decidí ver aquella película que Norbi había recomendado y que había dejado un tanto indiferente a Feli.
Once.
Resultó que era una historia bonita, sencilla, no convencional. ¿De amor?
Dos personajes que se buscan, se equivocan, pero confían en lo que sienten y son auténticos.
Y sueñan.
Y la música de Glen Hansard, el actor protagonista, que está presente todo el tiempo y envuelve la historia.
Me encantó verla.
Es lógico que Norbi la recomendara.

domingo, febrero 24, 2008

A night in Rio

En Brasil no se celebra la “Nochevieja” sino el “Año Nuevo” y emplean la palabra francesa (Réveillon) para designar la fiesta.

Conocía la fama del Réveillon de Río de Janeiro, pero, después de haberlo vivido este año, lo que me cuesta creer es que haya otros lugares en el mundo donde la Nochevieja adquiera semejantes dimensiones y esplendor.

En los días anteriores al Réveillon, Río es un hervidero de gente. Hay muchos cariocas disfrutando de los rincones de su ciudad y de sus playas. También abundan los turistas, que se dejan ver --cómo no-- por el Pão de Açucar, el Cristo Redentor do Corcovado, la playa de Ipanema o los ensayos de las escuelas de samba clásicas, como Mangueira (donde fuimos nosotros) o Salgueiro.
Rincones únicos y singulares en un enclave de excepción.
Pero todo el mundo está inmerso en un oleaje de preparativos y expectación.

Pasamos el día 31 en la playa de Ipanema, tumbados en nuestras kangas (pareos), tostándonos al sol, dándonos cremita, zambulléndonos por turnos en el océano, compartiendo un agua de coco o un helado de mango.
Besándonos.
No queríamos pagar el dineral que costaba una cena de Réveillon en una terraza con vistas a la playa de Copacabana, suponiendo que hubiera sitio en alguna de ellas.
Tampoco nos encajaba la opción de cenar en nuestro hotel, así que nos sentamos en una terraza de Ipanema a las siete de la tarde, a refrescarnos con unos chopes (cerveza de barril) y dar buena cuenta de un picadinho carioca.
Fue una cena tremendamente sencilla, probablemente la más económica que haya degustado en Nochevieja, pero el ambiente estaba impregnado de dulzura y de intensidad: me deleitaba recibiendo las caricias del sol sobre mi cara, valorando el instante presente de estar con mi Amor en Río, al otro lado del océano, en verano y en fin de año (¡!).
Me emocionó poderlo compartir por teléfono con mis padres y mis hermanos, y bromeamos sobre las delicias que había preparado La Rejoncilla en Aravaca y que yo me estaba perdiendo.
Nos fuimos al hotel a ducharnos, a cambiarnos y vestirnos de blanco, como todos en la noche de Réveillon, pero nosotros nos pusimos, además, unas havaianas blancas con la bandera de España que había comprado A.
Rellené nuestra bolsa-nevera-patrocinada-por-Telefónica con latas de cerveza Skol y la botella de cava que había traído desde España. A se encargó de las flores que íbamos a ofrecer a Iemanjá, la orisha y diosa del mar en la religión Yoruba, adoptada por muchas religiones afro-brasileñas.
Mandé unos SMS para compartir mi excitación y mis mejores deseos, y salimos hacia la playa de Copacabana sobre las diez, hora local.
En las calles, nos íbamos fundiendo en una inmensa marea blanca, junto a miles y miles de personas.
En la playa, había altavoces gigantescos, carpas, escenarios con DJs y todo tipo de gente: familias enteras sentadas en sillas de playa, muchas parejas, grupos de amigos, gente de todos los colores y clase social, favela kids, guiris, un comentarista chino deseando “feliz ano novo” a la cámara y media playa aplaudiendo su acento chino-brasileiro…
Los edificios en primera línea albergaban cenas de lujo en hoteles y restaurantes, o fiestas privadas en áticos y terrazas. Las siluetas que se adivinaban eran muy sugerentes, como en un anuncio de Martini.
“Tiene que ser increíble ver la playa de Copacabana desde arriba”, pensé, pero me alegré de estar en el meollo, participando y observando desde dentro.
No teníamos reloj, ni siquiera el móvil, así que nos guiábamos por la expectación creciente que sentíamos a nuestro alrededor.
De pronto, un chasquido.
Una explosión de luz y color.
Y comenzó un espectáculo de fuegos artificiales encima del mar, lanzados desde diferentes ángulos y cubriendo, de manera creciente, la inmensidad del cielo.
Grandioso.
La música de fondo se diluía entre el sonido de los petardos y cohetes y los gritos de júbilo a nuestro alrededor. Yo me sentía feliz y emocionado como un niño pequeño al que le hubieran dejado entrar en el castillo de sus sueños. Con lágrimas en los ojos, A y yo nos empezamos a besar. La gente a nuestro alrededor se abrazaba, se besaba, brindaba, sonreía, sonreía a los demás, se sacaba fotos, se ofrecía a sacar fotos a los demás.
Un ambiente de fiesta y unidad.
Después de casi 20 minutos de fuegos artificiales, abandonamos nuestro lugar estratégico en el extremo sur de Copacabana, para llegar a Ipanema en un abrir y cerrar de ojos, anticipándonos a muchos de los que habían decidido seguir la fiesta allí.
Disponíamos, de repente, de una playa casi desierta para cumplir nuestro compromiso con Iemanjá: saltar siete olas cogidos de la mano y ofrecerle gladiolos blancos.
Descorchamos nuestra botella de Freixenet y nos quedamos tumbados en la arena, muertos de risa y empapados.
Hasta que decidimos regresar al hotel.
Es probable que haya sido la noche más increíble de mi vida.

viernes, febrero 01, 2008

Brasil



El 2007 ha sido mi año más viajero: Cuba en mayo; Bhutan y Tibet en octubre; y, para finalizar el año y acoger el que empieza, Brasil.
Viajar.
Es lo que más me gusta en el mundo.
Junto con hacer el amor, actuar y meditar.
No tengo claro en qué orden.
Siempre me pongo nervioso al hacer la maleta, desde que comienzo a prepararla unos días antes de partir, hasta el momento de subirme en el avión, pero me encanta el sabor del rumbo hacia algo nuevo, hacia algo por explorar.
En este viaje, sin embargo, los nervios eran distintos. Hacía cuatro meses que no la veía, casi tanto tiempo como el que habíamos estado juntos y nos habíamos amado, aquí en Madrid.
Y en Venecia, y en Pedraza, y en Trujillo, y en Salamanca…
La distancia es un sonido en la mente que alimenta la incertidumbre.
El miedo también, a veces.
Así que preferí dar mi atención a la serena convicción de estar realizando un viaje fundamental, en un momento clave de mi vida.
A mis mejores amigos les conté que, en realidad, me habría ido al desierto de los Monegros con una tienda de campaña y una manta, y habría disfrutado de la nochevieja más bonita de mi vida, siempre que la pasáramos juntos.
Nos encontramos en el aeropuerto de Río de Janeiro.
Mientras esperaba que mis maletas se asomaran por la boca de la cinta transportadora, trataba de regularizar los latidos de mi corazón y hacerme cargo del lugar en el que estaba y por qué había venido.
De pronto, sonó mi teléfono móvil.
Entre risas nerviosas, compartimos nuestra emoción: “¡Mi Amor, me va a dar algo si no te veo en unos momentos!” “¡A mí también! ¡Mis maletas no salen!”
Crucé la aduana como una exhalación. La puerta de salida también. Cuando nuestros ojos se encontraron, me invadieron unas ganas de llorar y de saltar de alegría, al mismo tiempo.
Me eché a correr arrastrando mis bultos y no alcancé a rodear la cinta que delimita la zona de espera, sino que me abalancé sobre A, la abracé con todas mis fuerzas y comenzamos a besarnos con el ansia que el náufrago Pi Pattel habría mostrado al beber un vaso de agua dulce.
Los encuentros nunca son como te los habías imaginado.
Nada en la vida lo es, en realidad.
En mi caso, siempre son menos cinematográficos.
Pero nunca me defraudan.
¿Brasil? Ha sido nuestra luna de miel.

viernes, diciembre 28, 2007

On the covers











Madrid, Denia, el Himalaya (¡El Everest!)...
Algunos lugares y momentos felices del 2007

jueves, diciembre 27, 2007

No expectations

Hace unas semanas estuve en una conferencia en Ginebra.
Nunca había estado en Suiza, con la excepción de la parada técnica que efectuamos en Zurich (o en Berna) en el Inter Rail del 91, que yo aproveché para “tomar prestada” una tableta de chocolate…
Me acuerdo del detalle porque, mientras comentábamos lo rica que estaba y cuán justificada era la fama del chocolate suizo, Araceli, mi novia entonces, censuró mi comportamiento negándose a probar “mercancía robada”.
Llegué a Ginebra con muy pocas expectativas, recordando que Ariane y su familia (“los Freitas”) la habían considerado una escala menor en su periplo europeo de este verano.
Además, hacía un frío que pelaba, “que agacha el nabo”, como diría Jaume, con los campos alrededor de la ciudad -además de las montañas- cubiertos de nieve.
Sin embargo, a partir de la segunda noche, me animé a pasear por el casco antiguo de la ciudad.
Me encantó el sabor a “vieja Europa”: sus callejones medievales empedrados, la arquitectura de los edificios, el grosor de sus muros, las iglesias, las librerías de viejo, las exquisitas galerías de arte, los bares (brasseries) y cafés.
Y entrar en uno de ellos todas las tardes cuando ya tenía las orejas heladas y sentarme con mi libro de Murakami y un kir royal, mientras esperaba que llegara la hora de acercarme al restaurante (cada noche uno distinto), donde me esperaba una fondue de queso...
Y pasear el sábado a orillas del lago Leman, rodeado de hoteles de 5 estrellas, de carteles de Baume&Mercier, Jaeger-Le-Coultre, otras marcas de relojes de lujo, o carteles de Banca privada, todos los símbolos de Suiza, o sus estereotipos, en un entorno armónico que, por algún motivo, me hacía sonreír y respirar en profundidad.
Quizá me gustaba imaginarme a mi Amor, mucho menos acostumbrada al frío que yo, deambulando por el mismo escenario.
O quizá redescubría el placer de vivir sin expectativas.

domingo, noviembre 04, 2007

Druk Air


Bhután es el nombre por el que conocemos a un reino budista en pleno corazón del Himalaya, pero su nombre original desde el siglo XIII es Druk Yul (“el país del dragón del trueno”).
Hoy en día, la palabra Druk está presente en casi todo lo que tiene que ver con el país: la compañía de gas se llama “Druk Gas”, el hotel en el que estés alojado se denominará seguramente “Druk Hotel” y el nombre de las líneas aéreas nacionales es “Druk Air”.
Druk Air es la única compañía aérea autorizada a volar a/desde Bhután. Cualquier pasajero que viaje a este hermoso reino debe hacerlo en uno de los 4 aviones de los que dispone la compañía para realizar los trayectos que van desde Kathmandú, Bangkok, Delhi y Calcuta a Paro, el aeropuerto internacional del país y la segunda “ciudad” por número de habitantes.
En realidad, Paro es un pequeño pueblo construido alrededor de 2 calles principales y sus 20.000 habitantes se ubican fundamentalmente en las múltiples granjas diseminadas por las colinas circundantes.
Nosotros volamos a Paro desde Kathmandú, la capital de Nepal. Habíamos leído que el trayecto constituye uno de los vuelos comerciales más hermosos del planeta, así que nos plantamos con tiempo en Tribhuvan, el caótico aeropuerto de Kathmandú, para lidiar con los eventuales tours organizados y conseguir 3 asientos con ventanilla en el lado izquierdo del avión.
La hora escasa de vuelo es una impresionante panorámica del Himalaya, un viaje que parece diseñado para admirar la cara sur de algunas de las cumbres más altas del planeta: el Cho Oyu, el Chomolungma (¡el Everest!), el Lhotsé, el Kanchengjunga… Una sucesión de moles nevadas que asoman sus más de ocho mil metros por encima de un mar de nubes.
Imágenes únicas, espectaculares. El techo del mundo al otro lado de la ventanilla de un avión.
Y, de pronto, el verdor de Bhután, con sus bosques frondosos o sus arrozales en terraza.
Y la pericia del piloto adentrándose en uno de los valles, serpenteando y deslizándose por el mismo, acariciando literalmente las laderas de algunas montañas hasta enderezar el avión y posarlo sobre una pequeña pista en el corazón del Himalaya.
Es la manera de darte la bienvenida a un lugar maravilloso: un reino budista llamado Bhután...

lunes, junio 11, 2007

La Taberna de Antioquía

Es probable que entráramos sólo por el nombre tan sugerente que tiene: Antioquía.
En la wikipedia aparecen varios lugares con un nombre parecido: Antioquia y Antioquía. No recuerdo si vi la tilde escrita, pero sé que registré en mi mente el nombre que resonaba a historia antigua, a eco lejano del Imperio Romano…
Es una deformación que se adquiere cuando te bautizan con un nombre mitológico.
La Taberna
de Antioquía es en realidad un restaurante, y no está en lo que hoy es Turquía, sino en lo que lleva siendo desde hace tiempo Pedraza, Segovia.

Buscábamos un lugar para cenar.
No nos preocupaba tanto que fuese de comida tradicional, porque, al día siguiente, después de visitar las Hoces del río Duratón y llevar a A a la ermita de San Frutos, nos esperaba ese pedazo-de-cordero en El Zute Mayor, Sepúlveda. Un valor seguro. Un “clásico”, como diría Jorge. Así que la inmersión gastronómica y el sabor típicamente español estaban garantizados ese fin de semana.

Buscábamos un lugar para beber un buen vino.
Para charlar.
Para mirarnos a los ojos.
Para mirarnos a los ojos y decirnos muchas cosas.
O adivinarlas.

Tras aparcar el coche cerca del castillo y encaminarnos hacia nuestro hotel-con-encanto, reparamos en el restaurante. Después de instalarnos, fue uno de los sitios que nos recomendaron para cenar, insistiendo en que no se trataba de un lugar “típico”. Era lo que estábamos deseando escuchar y no prestamos demasiada atención al resto de alternativas. De hecho, ni siquiera entramos en ninguna de ellas, sino que volvimos mecánicamente sobre nuestros pasos.
En cuanto bajamos las escaleras de la Taberna de Antioquía y nos situamos bajo el altísimo techo de esta casona, no hizo falta que dijéramos nada. A y yo nos miramos sonriendo y nos concedimos un momento para contemplar el hermoso marco que iba a acoger nuestra primera velada fuera de Madrid.
Ahora me doy cuenta de que Antioquía también empieza por A…
El lugar es muy bonito. La comida es estupenda. La carta de vinos está sobrada, aunque los precios, también. Pero el toque definitivo, como casi siempre, lo puso la música: Chus, la propietaria, después de conocernos y reparar en la nacionalidad de A, decidió regalarnos la magia de Vinicius de Moraes.
Qué sabia elección.

domingo, abril 01, 2007

Viaje a Loarre







Me encantan los rincones que tenemos en este país.
Me encantan los descubrimientos que se pueden hacer en un fin de semana, casi por casualidad, cuando los reveses meteorológicos se convierten en oportunidad.
H
abíamos ido a esquiar a Formigal. En realidad, regresábamos a Sallent de Gállego después de que Lidia nos hubiese descubierto que este pueblo no es sólo una excelente base para esquiar, sino un hermoso paraje del Valle de Tena donde es posible darse homenajes de comida casera (o de diseño) todas las noches.
Resultó que este invierno tan ¿extraño? había dejado las pistas con poca nieve. Así que “esquiar” más allá de las 12:30 dejaba de ser un placer y se convertía en un eufemismo para justificar el forfait de jornada completa…
¿Qué hacer entonces?
Decidimos regresar al hotel y aprovechar la tarde para dar una vuelta por los alrededores. Entre los itinerarios posibles (a cual más tentador), nos decantamos por un recorrido coronado por la visita al castillo de Loarre, del que tanto había oído hablar desde que Ridely Scott rodó “El reino de los cielos” y que se había convertido en uno de mis objetivos-de-escapada de este año.
Fue una tarde al más puro estilo calco-super-diversión, donde cada nueva parada superaba a la anterior en belleza y esplendor, y todo lo que sucedía, aunque fuera improvisado, parecía orquestado por una batuta maestra.
La primera parada fue Santa Cruz de la Serós, un pueblo declarado Conjunto Histórico-Artístico del Camino de Santiago, con una iglesia sorprendente (por su altura) en medio de la plaza. Nos apostamos en una terraza que habíamos fichado nada más llegar y dimos buena cuenta de unas migas y de unas claras-con-limón.
El monasterio de San Juan de la Peña está a escasos kilómetros, un poco más arriba, y es un Monumento Nacional sobrio, pero espectacular, bajo una inmensa visera de roca. Nos quedamos con las ganas de visitar el prometedor claustro románico, pero queríamos llegar a Loarre antes del cierre.
De camino, nos detuvimos a contemplar los Mallos de Riglos. Los Mallos son unas formas rocosas inmensas y caprichosas que parecen una manifestación artística de la naturaleza. Los estuvimos llamando “Riglos de Mayo” hasta que nos dimos cuenta de que “Riglos” es el pueblo que se encuentra a los pies de los “Mallos”. Bueno, y hasta que leímos las señales de la carretera, también…
Finalmente, llegamos al castillo de Loarre a tiempo para la última visita guiada. Lo que suponíamos un grupo de (máximo) ocho personas, se había convertido en una especie de congregación de turistas-aspirantes-a-humorista, dispuestos a hacer más comentarios que el propio guía y en un tono supuestamente gracioso. Así que Jose y yo decidimos perdernos y realizar la visita por nuestra cuenta, mientras Jorge se mantenía en la periferia del grupo.
Los interiores del castillo y del monasterio adyacente son espléndidos. Pero lo que me dejó boquiabierto es el enclave: un ensueño geográfico y estratégico. Desde la carretera que une el pueblo con el castillo, parece un nido de águilas desde el que se divisa toda la región: una llanura inmensa, hasta donde se pierde la vista, jalonada de almendros en flor. Es lo bueno del mes de marzo...
Desde un pequeño promontorio al que nos llevó Jose, asistimos a una puesta de sol de las que estremecen. Como si el cielo y el sol se conjuraran para ofrecer un repertorio de luz y color creciente en intensidad y hermosura. O como dirían los americanos: una estampa absolutamente “dramática”...
Extasiados, sacamos estas fotos y nos despedimos de Loarre con unas cañas en un bar cercano. Nos invitó Clemen, un compañero de Jose, oriundo del lugar, que nos recibió con los brazos abiertos.
Qué hermoso país. Qué buena gente.

martes, marzo 06, 2007

Muere Ryszard Kapuscinski. Muere un genio

Menudo revuelo has causado en la blogosfera, Maestro.
Cuando me enteré de tu muerte, me entristecí mucho, como si hubiera perdido a alguien cercano. A un ser querido.

Hoy he tecleado “Kapuscinski obituario” en Google, para recordar la fecha exacta (23/01/2007) y mencionarla en este post que no acabo de empezar a escribir.
Menudo revuelo: compruebo que somos muchos los que deseamos despedirte, mostrarte nuestro afecto, nuestra admiración. Y nuestra gratitud.
Yo siempre quise ir a África.
Siempre lo había soñado. Siempre lo había sabido, sin querer (y sin necesitar) entender muy bien por qué. Durante mucho tiempo, postergué ese viaje convenciéndome de que lo tenía demasiado idealizado o de que, en realidad, siento una debilidad por el sudeste asiático… Pero entonces sucedió que Fernando y Kerstin, mientras conversábamos sobre nuestras últimas lecturas, me prestaron “Ébano”, en esa edición tan bonita de tapas duras de ABC.
Fue como si alguien corriese un velo delante de mis ojos, como si me tomaran de la mano, me guiaran con dulzura y me enseñaran a contemplar el mundo con mayor amplitud. Como si me llevaran a lo alto de una colina desde la que se divisara la inmensidad de África y me dejaran acariciarla, comprenderla y amarla.
He intentado devolver (o compartir) el privilegio de descubrirte, regalando ejemplares de “Ébano” a mis hermanos Iván y David, y a muchos de mis mejores amigos. A Jorge y Jose, en particular, con los que tengo el placer de Viajar desde hace años, y con los que descubrí una perla negra con nombre de país: Uganda.
Mi primer viaje a África.
Aunque por el momento haya sido el único, escribo “primer viaje a África” con orgullo. Porque, ¿sabes qué? Estoy deseando regresar. Sé que lo haré. Y cuando esté allí, me acordaré de ti. Me pondré a releer algunas páginas de un libro tuyo que habré metido en la mochila. Un libro que se llama “Ébano”…
Gracias, Maestro.
Hasta siempre

sábado, diciembre 16, 2006

Viaje a La Alpujarra

Tr3s es un número bonito.
Redondo.

Los viajes más hermosos que he realizado en estos últimos años han sido casi siempre en trío.
Y el puente de diciembre es una oportunidad inmejorable de escaparse algunos días.
Tres, por ejemplo.
El triunvirato viajero estaba compuesto en esta ocasión por Jorge, Norbi y un servidor.
Y el destino fue La Alpujarra granadina. Desde el eje formado por Pampeneira-Bubión-Capileira (tré pueblo encantadore, que en Graná no se pronuncia la “s”) hasta el Puerto de la Ragua, ya muy cerca de Almería.
La base nocturna la situamos en Trévelez, el pueblo más alto de España (¿de verdad no tenemos pueblos por encima de 1.500 m?) y el único lugar donde encontramos alojamiento una semana antes...
Pampaneira es bonito, pero es la parada obligatoria para muchos autocares procedentes de Granada, que convierten el lugar casi-casi en un parque temático. También es un sitio donde tomar contacto con la mala follá granaína: el pobre lugareño Indalecio, que no podía sacar la furgoneta de su casa por culpa del monumental atasco ocasionado por un par de autocares, tenía que lidiar con comentarios del tipo: “Indalecio, tú de aquí no sale ni en tré hora”, en lugar de recibir el apoyo de sus paisanos…
Capileira es el más alto de los tré (casi tan alto como Trevélez) y en él sopla un viento huracanado, que tenía a más de una visitante agarrada a los barrotes de las ventanas.
Así que yo me quedo con Bubión.
La parte más bonita del pueblo es también la más alejada de la carretera y puedes deambular a gusto por sus innumerables callejuelas. Muchas de estas fotos fueron tomadas allí.
Jorge nos descubrió un bosque de castaños en la parte más alta del pueblo, con vistas al propio Bubión, a Capileira, más arriba, y a la concurrida Pampaneira, más abajo.
Todavía no habíamos visitado Yegen, pero yo me acordé entonces de Gerald Brenan y me pareció que La Alpujarra es un lugar fantástico para perderse durante algún tiempo y dedicarse a escribir. Y, desde luego, está más cerca que el estado de Himachal Pradesh (India)...
El resto de paradas respondieron al sentir del momento y resultan imprescindibles para tomar el pulso y disfrutar de este rincón de España.
Por último, un consejo: en Trevélez hay que alojarse en un hotel con calefacción. En pocas ocasiones he pasado tanto frío entre cuatro paredes. Y en pocas ocasiones me he reído tanto por este motivo. Hacía más frío en las habitaciones que en los pasillos del hotel… Nosotros decíamos que, en realidad, se trataba de otro secadero de jamón, como tantos que hay en Trevélez, regentado por Norman, nombre con el que bautizamos a nuestro anfitrión en honor del dueño del hotel de carretera de Psicosis. Y es que nos hablaba de su madre, pero no alcanzamos a verla… hasta el día de nuestra partida.