martes, noviembre 23, 2010

A&R - La historia


Si Ariane y Rómulo se hubieran conocido en el colegio, habrían competido por tener el nombre más original. Pero se conocieron en Telefónica, un poco más tarde, apenas unas… décadas. Y a cada uno le encantó el nombre del otro.
Bueno… parece ser que algo más…
Pero nos estamos adelantando.

Rómulo nació en Vélez-Málaga, España, bajo el signo de Libra, aunque pasó 27 años pensando que era Escorpio.
Ariane nació en Salvador da Bahia, Brasil, con un brillo de fuego en los ojos que siempre delató su origen ariano.

Ariane es la mayor de 4 hermanas y… (si no fuera por Gabi) la más pequeñita.
Rómulo es el mediano de 3 hermanos. El más alto, sin ninguna duda.
Y el único calvo.

Los padres de Rómulo tienen nombres cortos y bonitos: Alicia y Ángel.
La madre de Ariane también: Ruth.
El padre se llama… bueno… es más fácil llamarle “Freitas”.

Antes de llegar a Madrid, Ariane había vivido en Lençois, Valença, Salvador da Bahia, Porto Alegre y São Paulo.
Rómulo había pasado por Vélez-Málaga, Granada y París.

Rómulo estudió Ingeniería de Telecomunicación y, unos años después, desafiando a todo y a todos, se licenció también en Arte Dramático.
Ariane terminó Administración de Empresas con sólo 20 años y, si Arthur Andersen y sus viajes por todo Brasil no lo hubieran impedido, se habría licenciado también en Derecho.

Ariane mantuvo siempre una carrera profesional consistente y ascendente: después de pocos años gestionaba su propio equipo de Control de Gestión en el área financiera de Vivo.
Rómulo simultaneaba sus actuaciones teatrales con las telecomunicaciones, así que seguía mustiándose en el área de Red de Telefónica.

Rómulo compró un local en el Madrid de los Austrias, lo reformó y lo convirtió en una vivienda-diáfana-de-diseño-donde-el-sofá-dialoga-con-la-cocina (Loftmulo) que sus amigos se encargarían de ir destrozando en sucesivas fiestas.
Ariane compró un piso enorme en Salvador, lo reformó integralmente, creó un espacio exclusivo para su home-theatre, amuebló la cocina y su dormitorio y, cuando ya sólo faltaba el salón, la empresa la trasladó a un apartahotel de 30 m2 en São Paulo…

A Rómulo, lo que más le gustaba en el mundo era: (1) viajar, (2) hacer el amor y (3) actuar. No necesariamente por este orden.
Bueno, también le gustaba mucho bailar, y meditar, y hacer fotos, y escribir en su moleskine…
A Ariane le encantaba: (1) viajar, (2) comer feijão acompañado de agua de coco y (3) ir al gimnasio.
Bueno, puede que el cordero de Segovia (aunque todavía no era consciente), la comida japonesa y los masajes también debieran estar en esta lista…

Rómulo dio el salto al área de Estrategia para reimpulsar su carrera profesional y dejar de sentirse un “pin-pin”.
Ariane viajó 6 meses a Madrid para ayudar a Borja con el Plan Estratégico de Telefónica España y, de paso, disfrutar de las rebajas de Zara.

Ariane llegaba a la oficina todos los días puntualmente a las 10:00 a.m.
Rómulo se compró una moto y algunos días conseguía no llegar después de las 11:00 a.m.

Rómulo había visto a Ariane por la oficina y no tenía muy claro si era una becaria o no, hasta que la vio sentada con los jefes. Se inclinaba a pensar que era muy guapa, pero la había visto apretar las mandíbulas concentrada delante del Excel y tenía algunas dudas…
Ariane le había echado el ojo a ese moreno español.
O mejor dicho: a la parte posterior de ese moreno español.

Un día, Ariane y Rómulo coincidieron en una comida en el Autokill con otros compañeros.
La conversación se centró en sus nombres.
A Rómulo, el nombre de Ariane le pareció precioso y muy exótico, como la persona que tenía al otro lado de la mesa.
Ariane contó que tenía un nombre italiano, elegido por su padre, y que no era muy común en Brasil.
Rómulo contó que su padre era catedrático de Latín y que por eso le pusieron su nombre, aunque era una explicación a medias porque sus hermanos, Iván y David, no tenían nombres clásicos. Por otro lado, tampoco era muy común en España.
Hablaba aparentemente para todo el grupo, pero su atención estaba en esos ojos bahianos y su intención era hacerles sonreír.
Así que acudió a algunas de las mejores anécdotas de su nombre.
Contó la historia del guía camboyano que no recordaba cómo se llamaban sus compañeros de viaje, pero que, al mirarle, le hizo un guiño como diciendo “de tu nombre  me acuerdo” y le espetó: “¡Fémula!”.
Después, tirando de guión, contó la anécdota de la empresa toledana que, en lugar de enviarle un fax a la atención de “Rómulo Rejón, C/ Pretil de los Consejos”, escribió “Brótulo Remón C/Petril de los Conejos”…
Y fue entonces cuando sucedió.

Ariane sonrió con su sonrisa franca y abierta y con sus ojos brillantes.
Rómulo casi se cae de la silla.
Literalmente.
Como si el universo se hubiera estremecido en ese instante, ralentizando el aliento y el fluir de la sangre.
Como si le hubiera sacudido la certeza de encontrarse frente a una de las personas esenciales de su existencia.

Pasaron unos días hasta que Rómulo se atrevió a invitar a Ariane a tomar un café-de-máquina.
Menos mal que cada uno adivinó en el otro cierto rubor y complicidad y no hubo lugar a ningún momento-Woody-Allen, como tirar algún vaso, tropezar o tartamudear.
Rómulo le habló de la fiesta que estaba organizando para recaudar fondos para un proyecto de escolarización en zonas rurales del norte de la India. Era un discurso ganador de hombre sensible y comprometido, pero lo cierto es que le salió así, naturalmente, por el placer de compartir lo que ocupaba su vida y su mente en ese momento.
Casi sin darse cuenta, empezaron a filosofar, a hablar de las cosas que más importan de la vida, del Amor. Como si ya se conocieran. Ese tipo de conversaciones que parecen suceder a otro nivel de comunicación.

Otro día, Rómulo quiso que Ariane conociera algo típico de la gastronomía madrileña y la llevó a “El Jazmín”, el penúltimo lugar para una cita, pero una gran dirección para tomar un cocido los jueves en los alrededores de Distrito C.

Un viernes, Agustín se enzarzó en algún coaching-estratégico con Rómulo hasta las 3 de la tarde, así que ya no quedaba ni el tato para comer.
Cuando Rómulo se debatía entre marcharse a casa o comer solo en el Autokill, Ariane se ofreció a acompañarle, aunque ella ya hubiera almorzado un sándwich-de-máquina.
Estuvieron más de hora y media sentados en el autoservicio, como si fuera el Café Belén, o algún otro lugar con encanto que se prestara a la conversación. Prosiguieron con un café en el piso de abajo y, cerca de las 6, volvieron a la oficina sólo para recoger sus cosas.
Antes de regresar a su apartahotel, Ariane decidió hacer una parada-técnica en el Zara más cercano.
Rómulo llegó a casa y sintió que había sido una tarde deliciosa y que deseaba prolongarla. También pensó que quizá nadie le había mostrado a Ariane el barrio de la Latina y el Madrid de los Austrias. No quería que regresara definitivamente a Brasil 4 meses después sin conocerlos.
Se sorprendió de tan bellos sentimientos.
Mejor dicho: se sorprendió de que tan bellos sentimientos fueran suyos.
Sin plantearse cuál era realmente su intención -¿una cita?, ¿quería que pasara “algo”? - le mandó un mensaje para quedar para cenar.
Ariane aceptó con la misma naturalidad con la que Rómulo la invitó.
Rómulo eligió el Polenta, un restaurante que no conocía pero que le había recomendado Fernando en múltiples ocasiones y que estaba al lado de la Plaza de Oriente.
Lo que Rómulo no sabía es que dos días después era el cumpleaños de Ariane.
Y que esa cena, junto con el baile posterior en el Marula, cambiaría sus vidas.
Para siempre.

Después vino Venecia.
Pedraza y Sepúlveda.
Salamanca.
Trujillo y Cáceres.
Y Madrid, claro está.

Luego una separación de cuatro interminables meses.

Hasta que comenzaron las lunas-de-miel-cada-dos-meses para combatir la distancia y convertirla en oportunidad de viajar: 
  • Río de Janeiro y Salvador da Bahia, con escala en Morro de São Paulo y una playa llamada Praia do Forte…
  • Atenas y Santorini
  • São Paulo y Arraial d’Ajuda
  • Japón
  • Guatemala
  • Fernando de Noronha y la Chapada Diamantina…


Y, finalmente, después de unos meses de incertidumbre, Ariane logró que Telefónica Internacional la contratara en Madrid.


Epílogo

Parece que Madrid no fue una etapa definitiva.
Ariane y Rómulo se instalaron en Loftmulo y lo utilizaron como base seguir viajando:
  • Jordania y Jerusalem
  • Namibia y Botswana, con el mejor de los viajeros (Jorge)
  • Praia do Forte, Bahía, donde celebraron su Boda durante 3 días, como si fueran una familia gitana, en compañía de un buen puñado de amigos brasileños y 50 españoles incondicionales que cruzaron el charco para abrazarlos
  • Argentina y Chile, donde se perdieron durante un mes para disfrutar de su Luna-de-Miel-oficial
  • Paraty, donde recibieron el año 2010 y São Paulo, la ciudad en la que residen en la actualidad…


Ariane y Romulo ya no hacen planes pensando en el año que viene.
Desde que se conocen, lo que más les gusta es estar J U N T O S.
Nos cuentan que la familia Rejón de Freitas va a tener un miembro más, allá por el mes de mayo.
No sabes la ilusión que les hace compartirlo contigo.

martes, septiembre 02, 2008

Hasta siempre, Papá


















El 02 de septiembre de 2008 murió Ángel Rejón Pérez, mi padre.

Le quisimos mucho.



Y aprendimos mucho con él.

El cuerpo muere, pero el Ser nunca muere.




sábado, agosto 16, 2008

Rumbo a Japón

Yo salía de Madrid a las 07:40 y llegaba a Munich a las 10:10.
A había partido de São Paulo el día anterior y ya llevaba varias horas esperándome en el aeropuerto.
Nuestra planificación e ingeniería de viajes había localizado una escala para que una brasileña y un español, afincados (de momento) en sus respectivos países de origen, pudieran viajar juntos a Japón.

Esa mañana, cogí el avión habiendo dormido poco, no porque fuera pronto (que lo era), sino porque, para variar, estuve hasta horas intempestivas terminando de hacer la maleta.
Al sentarme, sin embargo, comprobé que mis ojos y mi percepción estaban más abiertos que de costumbre.
Ávidos de imágenes.
De novedad.
De Viaje.
Así que disfruté del vuelo:
Las estribaciones secas, suaves y amplias de los Pirineos;
las cumbres blancas, los perfiles agrestes y el verdor de los Alpes;
la textura de las nubes;
la vista de Ginebra, literalmente encajada entre montañas, poblando la orilla norte del alargado lago Leman;
una cresta afilada y una sucesión de picos dispuestos como una espina dorsal;
algunos bosques… Debería haber más. Y más grandes.
De pronto: ¡Munich!

Teníamos ganas de tocarnos, de besarnos, de contarnos y de preguntarnos mil cosas.
Después de un rato, decidimos hidratarnos a base de cerveza germana.
Comenzó a sonar “Other side” de Red Hot Chili Peppers. Después, “Big in Japan” de Alphaville.
“¡Qué propio! ¡Y qué buenas!”, pensé, y me acordé de aquella vez en aquel restaurante de São Paulo en el que las notas de la versión acústica de “Summer of 69” de Bryan Adams me pusieron la carne de gallina.
Hay canciones que llevamos con nosotros.
O quizá nos acompañan porque vibran a la misma frecuencia que nuestras emociones.
A se puso la camiseta de la selección española de fútbol (¡Campeona de Europa!) que le acababa de regalar.
Yo cogí mi moleskine y, remedando a mi amiga la Srta. Honeychurch en su viaje a Japón, escribí el haiku del día:

Cerveza de trigo, salchicha alemana y,
en los ojos de mi Amor,
el sueño de Japón

martes, julio 08, 2008

140 caracteres

No sé si es un vicio pasajero, un reto temporal o una necesidad canalizada, pero me he introducido con fuerza en twitter de la mano de Fernando.

Todavía estoy en fase de experimentación, así que me resulta difícil (y precipitado) extraer conclusiones definitivas. Además, no tengo la intención de teorizar sobre el fenómeno, pero sí me gustaría reflexionar sobre algunos puntos.

Con twitter, estoy conectado con Fernando (y con Amalia, ¿y con Mari Cruz? y con todo el que quiera seguirme y/o al que yo quiera seguir) de una manera novedosa y más potente en ciertos aspectos que el correo electrónico.

Tipo de comunicación

Yo no envío un mensaje a una persona, a un grupo, o a todos mis contactos, sino que escribo algo que deposito y que recibe todo aquel que haya decidido seguirme o que visite mi página en twitter.
En ese sentido, es como publicar en un pequeño blog (microblog): los lectores reciben una notificación cuando se actualiza o lo visitan cuando quieren.
Sin embargo, no es necesario abrir ningún correo para ver una actualización: twitter te presenta encadenados los mensajes de las personas a las que sigues con los tuyos propios.

Longitud de los mensajes
Cada entrada o twit está limitada a 140 caracteres. Sólo por eso, todas las empresas deberían obligar a sus empleados a utilizarlo en aras de una mayor creatividad, concreción, precisión y selección del lenguaje.
A mí, eso me ha fascinado.
Me ha recordado los libros de haikus que me llevo a Japón y me ha parecido una oportunidad para escribir algunos, tratando de captar la esencia del momento presente.
Se lo comenté a Fernando, o, mejor dicho, lo escribí en un twit, Fernando lo leyó y me envió un mensaje directo (que también se puede hacer) para comentarme que existe una herramienta similar a twitter llamada jaiku...
La ventaja de los mensajes cortos es que los puedes escribir en cualquier momento y también en cualquier lugar, si dispones de un dispositivo portátil o móvil.

Tipo de contenido
Yo escribo una frase sobre lo que estoy haciendo, lo que estoy pensando, lo que estoy leyendo, un link a las páginas web que estoy visitando, lo que estoy escuchando y, desde hoy, alentado por Héctor, el otro gurú de la Agenda Estratégica, escribo algunas reflexiones personales que hemos denominado conjuntamente "mystic thoughts of the day"...

Es como llevar una moleskine permanente cuyo contenido deseas compartir.

Anímate, ¡sígueme en twitter!

lunes, junio 23, 2008

¡Ay, ministra!

Con lo bien que habrías quedado.
Con lo mucho que habría valorado tanta gente que tuvieras la humildad, la sencillez y la autoestima de rectificar.
Ningún político las tiene.
Al menos, en este país.

Con la lección que habrías dado a tantos, reconociendo llanamente, mansamente, que, como todo el mundo, te puedes equivocar.

Con lo que podías haber aprendido tú y nos podías haber enseñado a todos: que el exceso de celo puede conducir a distorsionar la realidad y el lenguaje.

Con lo a gusto que te habrías quedado.

Pero elegiste otro camino.
Te hiciste bicho-bola, cerraste los ojos y apretaste los dientes.
Y te dedicaste a justificar la tremenda coz que le habías dado al castellano.

No me sorprende que te criticaran hasta en tu propio partido: es tan ridículo tratar de imponer una fantasía lingüística como “miembra”; es tan esperpéntico anhelar que aparezca en el diccionario de la Real Academia Española; eso sí, es taaaaan divertido que alguien crea que “fistro” puede figurar entre sus páginas…
¿O es “finstro”?
Yo, por si acaso, me puse a buscar también “peich” y “gromenauer”.
Y, luego, como me sentí agraviado en mi masculinidad, reivindiqué “motoristo” y “psicópato”, que fueron las dos primeras palabras que se me ocurrieron.

¡Ay, ministra!
¿Cómo puedes ser capaz de semejantes dislates?
Qué lástima y qué pena tan grande…

lunes, mayo 19, 2008

Cracker


Todo comenzó en octubre del 2007.
Estábamos cenando en el
Druk Hotel de Thimphu, Bhutan, después de una semana de trek estupenda hasta el campo base del Chomolhari (7.326 m).
Mientras el camarero nos preguntaba de dónde éramos, qué tal había sido nuestro día y qué nos parecía Bhutan, yo trataba de averiguar si era un intento de practicar inglés o la repetición de una cantinela de atención al cliente para la que le habían adiestrado.
Sus facciones parecían indias, como las de la multitud de obreros que trabajan en la construcción de carreteras en el reino del Dragón de Trueno. Pero, luego, al referirse a Bhutan como su país, me di cuenta de que pertenecía a la minoría de habitantes de etnia nepalí. Era novedoso para nosotros, porque la gran mayoría de la población es prima-hermana de los tibetanos en cuanto a rasgos y cultura.

You are very strong”, dijo, de pronto, mirándome fijamente.
Hombre, que se lo digan a Jorge, que va al gimnasio desde hace años, vale, pero... ¿a mí?
Nos empezamos a reír, con cierto nerviosismo, en mi caso, y con incredulidad, en el caso de Jorge y Jose, hasta que el camarero nos aclaró que yo le recordaba a un luchador de Pressing Catch que lleva un pañuelo rojo en la cabeza parecido al mío.
¡Ah!
Esa noche, martes, en un Om Bar casi desierto, nos acodamos a la barra con una cerveza y nos pusimos a ver la televisión. La programación era casi exclusivamente cricket y... ¡Pressing Catch!
Ninguno de los sujetos llevaba pañuelo, pero, con dos compañeros de viaje como los míos, el mal ya estaba hecho y, mi fama de luchador, lanzada irremisiblemente.
Unos días después, regresando del valle de Punakha hacia la capital, paramos en un pueblo a estirar las piernas. A la salida de un colegio, comenzamos a charlar con tres chavales de 8 años: uno, de ojos muy rasgados y sonrisa generosa, con pinta de ser más listo que el hambre; otro, moreno, con ojos grandes, entre indios y nepalíes, que no se quedaba atrás; y el tercero, de mirada pícara, que parecía el más simpático y travieso del grupo.
Tres niños encantadores que hablaban inglés por los codos, como todos los niños en Bhutan.
Nos estuvieron enseñando sus mochilas, sus cuadernos del colegio y sus estuches. Jorge y Jose se percataron de que llevaban pegatinas de luchadores de Pressing Catch, así que se apresuraron a decirles que yo también lo era.
Se les iluminó la cara.
De repente, sólo tenían ojos para mí, llenos de entusiasmo y admiración.
Y una inmensa y deliciosa curiosidad.
Les comenté que trabajaba en muchos países y que mis combates todavía no se emitían en la vecina India o en Bhutan porque una televisión americana tenía la exclusiva. También les dije que, efectivamente, era muy fuerte y, aunque solía ganar siempre, me apiadaba de mis adversarios y trataba de no hacerles demasiado daño…
Claro, también me preguntaron cuál era mi nombre.

A mi mente podrida acudió un sin fin de nombres, más propios de un actor porno consagrado que de un luchador.
No podía pronunciarlos delante de unos niños estupendos que ya se encargarían otras experiencias de estropear.
Así que Jorge vino en mi ayuda y, antes de sucediera una catástrofe, espetó: “¡Cracker!”
Así nació mi leyenda de luchador en Bhutan.

jueves, mayo 15, 2008

Once




Es lógico que Norbi la recomendara.
Once es una película donde la música está presente todo el tiempo.
La película es música.
Aunque también es cierto que la banda sonora sin las imágenes, sin la historia, constituye una experiencia incompleta.
Quedaba poca gente por embarcar y el avión se disponía a despegar rumbo a Sao Paulo, rumbo a mi Amor.
Rumbo a A.
Mi tarjeta de embarque rezaba [vuelo] IB 6827 [puerta] RSU [embarque] 23:30 [asiento] 34L.
Tenía preasignada la ventanilla, pero, al ir a sentarme, comprobé que un señor mayor ya la había ocupado. Así que me senté a su lado celebrando la posibilidad de estirar las piernas por el pasillo.
Me dio tiempo a descalzarme, a ojear unas cuantas páginas del periódico y a encajar en el bolsillo del asiento la guía de Japón que me había propuesto estudiar durante el viaje.
De pronto, otro pasajero se paró a mi lado y, muy amablemente, me hizo saber que yo ocupaba su asiento.
Vaya.
El señor mayor se debía de haber confundido de fila.
Sacamos las tarjetas de embarque y comprobamos, sorprendidos, que los dos teníamos asignado el mismo asiento. Así que le entregué las tarjetas a una azafata para que hiciera las comprobaciones oportunas.
Me comentó que era extraño, que el vuelo estaba lleno y que vería lo que se podía hacer.
Yo comencé a imaginarme las 10 horas de vuelo sentado con la tripulación...
O en el suelo.
Lo único que tenía claro es que no me iba a bajar de aquel avión por mucha confusión u overbooking que pudiera haber habido.
Estuvimos esperando un ratito los dos señores brasileños y yo, comentando, muy educadamente y en portuñol, lo curioso de la situación, hasta que una azafata distinta de la anterior se acercó, preguntó por el “Sr. Rejón” y me tendió una tarjeta de embarque con “mi nuevo asiento”: ¡2H!
Cogí mi mochila y mi chaqueta azul con las letras b, r, a, s, i, l bordadas, me despedí de mis compañeros y me dirigí exultante a la zona Business.
En los vuelos de Iberia que cruzan el charco, los asientos de la zona Business son enormes, se tumban casi como una cama, las azafatas son amabilísimas, te ponen una copita de vino antes de cenar, luego un mantelito y unos cubiertos de verdad, tienes una pantallita giratoria sólo para ti y un montón de películas de estreno donde elegir.
Yo me sentía un poco Alfredo Landa, con mi copa de vino dulce en una mano y mi segundo postre en otra.
Antes de dormir durante más de 6 horas seguidas, decidí ver aquella película que Norbi había recomendado y que había dejado un tanto indiferente a Feli.
Once.
Resultó que era una historia bonita, sencilla, no convencional. ¿De amor?
Dos personajes que se buscan, se equivocan, pero confían en lo que sienten y son auténticos.
Y sueñan.
Y la música de Glen Hansard, el actor protagonista, que está presente todo el tiempo y envuelve la historia.
Me encantó verla.
Es lógico que Norbi la recomendara.

jueves, abril 17, 2008

Tips of the day

Esta es una de esas entradas que lleva esperando Ismael desde hace algún tiempo.
En primer lugar, es un nuevo post: vale que uno no se plantee escribir todos los días, pero una vez cada 2 meses…
Y segundo: ¡no voy a hablar de A!
¿Seré capaz?
Consejo del día 1: No vuelvas a comer en el Pizza Jardín del centro comercial Moraleja Green.
La verdad es que las opciones para comer en los alrededores de Distrito C empiezan a ser preocupantes.
Alguien vio una cucaracha en su plato en el Tao.
Alguien vio una cucaracha en su plato en el Tony Roma’s.
Conclusión: o hay alguien que, en ocasiones, ve cucarachas, o, en el centro comercial, haberlas hailas.
En el Pizza Jardín, hasta la fecha, yo no he visto cucarachas, pero, después de comer con Puli ayer, lo que me llevé a la oficina fue una gastroenteritis aguda.
Al principio, sientes un malestar general. Después, visitas el baño para comprobar que la diarrea galopante no es patrimonio exclusivo de un viaje a la India. Luego, empiezas a vomitar. Y, finalmente, vas alternando orificios mientras te vacías, te quedas sin fuerzas y te sientes profundamente mareado.
De pronto, me llama Agustín, que ya estaba al tanto de que no me encontraba bien.
O quizá me echaba en falta en mi mesa “haciendo estrategias”…
La situación en la que me encontraba --sentado en la taza del váter con las piernas dormidas-- no era la más idónea para coger el teléfono, pero fue como si me arrojasen un salvavidas en un momento de desesperación: “me encuentro fatal; creo que necesito que alguien me lleve a urgencias”.
Dicho y hecho.
Este Agustín no es un jefe de Estrategia: es como un padre para nosotros.
En urgencias, sólo esperamos dooos horas a que me atendieran, así que aprovechamos para contarnos anécdotas y experiencias de pupas varias.
Con P de puPas.
Después, me pusieron una vía por la que fueron enchufando suero, primperán (para las náuseas) y paracetamol, y luego me llevaron a hacerme una placa.
Ese fue el momento.
Cuando me pidieron, que me subiera la camisa, me bajara los pantalones y me tumbara en la camilla, en ese orden, me acordé.
¿Conoces el clásico slip cutre blanco, marca “Sporting”, comprado a dos duros en el mercadillo de Denia, que te deja fuera alguno de los huevecillos?
¿Ese que no te pones nunca, a menos que no exista ninguna posibilidad de que alguien te vea en ropa interior?
¡Vamos, hombre! Todo el mundo tiene (o ha tenido) alguno de éstos.
Pues yo me acordé en ese momento de que lo llevaba puesto…
Consejo del día 2: Viste siempre tus vergüenzas de gala. Nunca sabes a qué altura te quedarán los pantalones al final del día.

domingo, febrero 24, 2008

A night in Rio

En Brasil no se celebra la “Nochevieja” sino el “Año Nuevo” y emplean la palabra francesa (Réveillon) para designar la fiesta.

Conocía la fama del Réveillon de Río de Janeiro, pero, después de haberlo vivido este año, lo que me cuesta creer es que haya otros lugares en el mundo donde la Nochevieja adquiera semejantes dimensiones y esplendor.

En los días anteriores al Réveillon, Río es un hervidero de gente. Hay muchos cariocas disfrutando de los rincones de su ciudad y de sus playas. También abundan los turistas, que se dejan ver --cómo no-- por el Pão de Açucar, el Cristo Redentor do Corcovado, la playa de Ipanema o los ensayos de las escuelas de samba clásicas, como Mangueira (donde fuimos nosotros) o Salgueiro.
Rincones únicos y singulares en un enclave de excepción.
Pero todo el mundo está inmerso en un oleaje de preparativos y expectación.

Pasamos el día 31 en la playa de Ipanema, tumbados en nuestras kangas (pareos), tostándonos al sol, dándonos cremita, zambulléndonos por turnos en el océano, compartiendo un agua de coco o un helado de mango.
Besándonos.
No queríamos pagar el dineral que costaba una cena de Réveillon en una terraza con vistas a la playa de Copacabana, suponiendo que hubiera sitio en alguna de ellas.
Tampoco nos encajaba la opción de cenar en nuestro hotel, así que nos sentamos en una terraza de Ipanema a las siete de la tarde, a refrescarnos con unos chopes (cerveza de barril) y dar buena cuenta de un picadinho carioca.
Fue una cena tremendamente sencilla, probablemente la más económica que haya degustado en Nochevieja, pero el ambiente estaba impregnado de dulzura y de intensidad: me deleitaba recibiendo las caricias del sol sobre mi cara, valorando el instante presente de estar con mi Amor en Río, al otro lado del océano, en verano y en fin de año (¡!).
Me emocionó poderlo compartir por teléfono con mis padres y mis hermanos, y bromeamos sobre las delicias que había preparado La Rejoncilla en Aravaca y que yo me estaba perdiendo.
Nos fuimos al hotel a ducharnos, a cambiarnos y vestirnos de blanco, como todos en la noche de Réveillon, pero nosotros nos pusimos, además, unas havaianas blancas con la bandera de España que había comprado A.
Rellené nuestra bolsa-nevera-patrocinada-por-Telefónica con latas de cerveza Skol y la botella de cava que había traído desde España. A se encargó de las flores que íbamos a ofrecer a Iemanjá, la orisha y diosa del mar en la religión Yoruba, adoptada por muchas religiones afro-brasileñas.
Mandé unos SMS para compartir mi excitación y mis mejores deseos, y salimos hacia la playa de Copacabana sobre las diez, hora local.
En las calles, nos íbamos fundiendo en una inmensa marea blanca, junto a miles y miles de personas.
En la playa, había altavoces gigantescos, carpas, escenarios con DJs y todo tipo de gente: familias enteras sentadas en sillas de playa, muchas parejas, grupos de amigos, gente de todos los colores y clase social, favela kids, guiris, un comentarista chino deseando “feliz ano novo” a la cámara y media playa aplaudiendo su acento chino-brasileiro…
Los edificios en primera línea albergaban cenas de lujo en hoteles y restaurantes, o fiestas privadas en áticos y terrazas. Las siluetas que se adivinaban eran muy sugerentes, como en un anuncio de Martini.
“Tiene que ser increíble ver la playa de Copacabana desde arriba”, pensé, pero me alegré de estar en el meollo, participando y observando desde dentro.
No teníamos reloj, ni siquiera el móvil, así que nos guiábamos por la expectación creciente que sentíamos a nuestro alrededor.
De pronto, un chasquido.
Una explosión de luz y color.
Y comenzó un espectáculo de fuegos artificiales encima del mar, lanzados desde diferentes ángulos y cubriendo, de manera creciente, la inmensidad del cielo.
Grandioso.
La música de fondo se diluía entre el sonido de los petardos y cohetes y los gritos de júbilo a nuestro alrededor. Yo me sentía feliz y emocionado como un niño pequeño al que le hubieran dejado entrar en el castillo de sus sueños. Con lágrimas en los ojos, A y yo nos empezamos a besar. La gente a nuestro alrededor se abrazaba, se besaba, brindaba, sonreía, sonreía a los demás, se sacaba fotos, se ofrecía a sacar fotos a los demás.
Un ambiente de fiesta y unidad.
Después de casi 20 minutos de fuegos artificiales, abandonamos nuestro lugar estratégico en el extremo sur de Copacabana, para llegar a Ipanema en un abrir y cerrar de ojos, anticipándonos a muchos de los que habían decidido seguir la fiesta allí.
Disponíamos, de repente, de una playa casi desierta para cumplir nuestro compromiso con Iemanjá: saltar siete olas cogidos de la mano y ofrecerle gladiolos blancos.
Descorchamos nuestra botella de Freixenet y nos quedamos tumbados en la arena, muertos de risa y empapados.
Hasta que decidimos regresar al hotel.
Es probable que haya sido la noche más increíble de mi vida.

viernes, febrero 01, 2008

Brasil



El 2007 ha sido mi año más viajero: Cuba en mayo; Bhutan y Tibet en octubre; y, para finalizar el año y acoger el que empieza, Brasil.
Viajar.
Es lo que más me gusta en el mundo.
Junto con hacer el amor, actuar y meditar.
No tengo claro en qué orden.
Siempre me pongo nervioso al hacer la maleta, desde que comienzo a prepararla unos días antes de partir, hasta el momento de subirme en el avión, pero me encanta el sabor del rumbo hacia algo nuevo, hacia algo por explorar.
En este viaje, sin embargo, los nervios eran distintos. Hacía cuatro meses que no la veía, casi tanto tiempo como el que habíamos estado juntos y nos habíamos amado, aquí en Madrid.
Y en Venecia, y en Pedraza, y en Trujillo, y en Salamanca
La distancia es un sonido en la mente que alimenta la incertidumbre.
El miedo también, a veces.
Así que preferí dar mi atención a la serena convicción de estar realizando un viaje fundamental, en un momento clave de mi vida.
A mis mejores amigos les conté que, en realidad, me habría ido al desierto de los Monegros con una tienda de campaña y una manta, y habría disfrutado de la nochevieja más bonita de mi vida, siempre que la pasáramos juntos.
Nos encontramos en el aeropuerto de Río de Janeiro.
Mientras esperaba que mis maletas se asomaran por la boca de la cinta transportadora, trataba de regularizar los latidos de mi corazón y hacerme cargo del lugar en el que estaba y por qué había venido.
De pronto, sonó mi teléfono móvil.
Entre risas nerviosas, compartimos nuestra emoción: “¡Mi Amor, me va a dar algo si no te veo en unos momentos!” “¡A mí también! ¡Mis maletas no salen!”
Crucé la aduana como una exhalación. La puerta de salida también. Cuando nuestros ojos se encontraron, me invadieron unas ganas de llorar y de saltar de alegría, al mismo tiempo.
Me eché a correr arrastrando mis bultos y no alcancé a rodear la cinta que delimita la zona de espera, sino que me abalancé sobre A, la abracé con todas mis fuerzas y comenzamos a besarnos con el ansia que el náufrago Pi Pattel habría mostrado al beber un vaso de agua dulce.
Los encuentros nunca son como te los habías imaginado.
Nada en la vida lo es, en realidad.
En mi caso, siempre son menos cinematográficos.
Pero nunca me defraudan.
¿Brasil? Ha sido nuestra luna de miel.

viernes, diciembre 28, 2007

A&R on the covers











Ariane & Rómulo: Lovers on the covers

Ya está.
No falta nada.
Estoy yendo.
O estoy llegando.
En unas horas, ¡estaré en Río de Janeiro!

FELIZ 2008

Claudia on the covers

On the covers











Madrid, Denia, el Himalaya (¡El Everest!)...
Algunos lugares y momentos felices del 2007

Second


Madrid, Loftmulo; diciembre, miércoles por la noche.
Acabo de llegar a casa después de mi sesión de Yoga.
Mientras ceno algo ligero, me debato entre zambullirme en flickr o escribir alguna entrada pendiente en mi blog.
Recibo la llamada de “Swami” Pablo, uno de mis profesores de Yoga, con el que acabo de estar, por cierto, y me propone acompañarle a una fiesta en Joy a la que no quiere acudir solo.
¡Puf! Con el tiempo que hace que no salgo entre semana.
Hombre, está aquí al lado.
Y para eso estamos. Venga.
Entramos.
Es un evento con desfile de modelos, entrega de premios... y actuaciones musicales.
Menos mal.
Lo de la música, digo.
Me entero de que acaba de tocar Fede, el hermano de Carmen, acompañando a la China.
Carmen
es como mi hermana, así que, aplicando la propiedad transitiva (o no), Fede debe de ser como mi primo.
Abrazos, vítores, risas y hola-qué-tal.
¡Qué buena idea haber venido!
Empieza a tocar otro grupo. “Qué buena voz tiene el cantante”, observo.
En la siguiente canción, ya no tengo ninguna duda: ¡estoy en un concierto de Second!
Second es un grupo de Murcia que ganó la Global Battle of Bands en 2004. Su disco “Invisible” me parece sencillamente espectacular. El disco que más escuché en 2006.
Cuando alguien los compara con Franz Ferdinand, porque su sonido parece estar inspirado en el de ellos, quizá convenga recordar que Second compuso este disco antes... O puede que simplemente tengan las mismas influencias musicales: Pulp, The Smiths, The Cure,...
Es increíble que no sean más conocidos en este país.
Como The Sunday Drivers y su “On my mind”.

Por eso, cuando me crucé con el cantante en el baño, quise saludarle y felicitarle personalmente, a pesar de que él estuviera saliendo y yo estuviera... intentando abrocharme la bragueta en ese momento.
Son momentos difíciles de remontar.
Pero no se puede dejar pasar la oportunidad de conversar con un artista cuya música te hace vibrar.
Ya lo decía alguien: hay que salir más entre semana.

jueves, diciembre 27, 2007

No expectations

Hace unas semanas estuve en una conferencia en Ginebra.
Nunca había estado en Suiza, con la excepción de la parada técnica que efectuamos en Zurich (o en Berna) en el Inter Rail del 91, que yo aproveché para “tomar prestada” una tableta de chocolate…
Me acuerdo del detalle porque, mientras comentábamos lo rica que estaba y cuán justificada era la fama del chocolate suizo, Araceli, mi novia entonces, censuró mi comportamiento negándose a probar “mercancía robada”.
Llegué a Ginebra con muy pocas expectativas, recordando que Ariane y su familia (“los Freitas”) la habían considerado una escala menor en su periplo europeo de este verano.
Además, hacía un frío que pelaba, “que agacha el nabo”, como diría Jaume, con los campos alrededor de la ciudad -además de las montañas- cubiertos de nieve.
Sin embargo, a partir de la segunda noche, me animé a pasear por el casco antiguo de la ciudad.
Me encantó el sabor a “vieja Europa”: sus callejones medievales empedrados, la arquitectura de los edificios, el grosor de sus muros, las iglesias, las librerías de viejo, las exquisitas galerías de arte, los bares (brasseries) y cafés.
Y entrar en uno de ellos todas las tardes cuando ya tenía las orejas heladas y sentarme con mi libro de Murakami y un kir royal, mientras esperaba que llegara la hora de acercarme al restaurante (cada noche uno distinto), donde me esperaba una fondue de queso...
Y pasear el sábado a orillas del lago Leman, rodeado de hoteles de 5 estrellas, de carteles de Baume&Mercier, Jaeger-Le-Coultre, otras marcas de relojes de lujo, o carteles de Banca privada, todos los símbolos de Suiza, o sus estereotipos, en un entorno armónico que, por algún motivo, me hacía sonreír y respirar en profundidad.
Quizá me gustaba imaginarme a mi Amor, mucho menos acostumbrada al frío que yo, deambulando por el mismo escenario.
O quizá redescubría el placer de vivir sin expectativas.

miércoles, diciembre 19, 2007

Class of '95

Class of '95 era una manera de llamar a nuestra pandilla de amigos en Teleco.
O puede que el único que lo hiciera así fuera el-hombre-que-nunca-se-cae (esquiando), también llamado padre-de-“Burci” o padre-de-“Tibur” (por favor, Auri, que la criatura que llevas dentro no sea niño…); nos estamos refiriendo a Óscar, que empezó a firmar así en las tarjetas de cumpleaños para recordar el año de nuestra promoción.

Desde que terminamos la universidad, nos juntamos, todos los años, para cenar/comer en Navidad.
Algunos de nosotros nos seguimos viendo con cierta frecuencia, otros llevamos años viajando juntos, pero este es un evento donde podemos juntarnos (casi) todos, recreando la pandilla que teníamos (incluyendo a l@s consortes) cuando estábamos en la Escuela.

Este año, además, se cumplía un hito: han pasado tantos años desde que nos conocemos (18) como la edad que teníamos al hacerlo.
La mayor parte de nosotros nos conocimos el primer año, incluso los primeros días: a Miguel, a Norbi y a mí nos presentaron nuestros hermanos; Jorge había ido al instituto con Norbi y coincidía con él en el autobús de Pozuelo; Marisa y Lucila se hicieron inseparables en seguida, se sentaban en las primeras filas y era imposible no reparar en lo guapa que era Lucila y en que Marisa llevaba tipp-ex en las gafas… Lucila salía con Luis, que había congeniado, de entrada, con Óscar; Bea Pérez y Javi Gil eran amigos del instituto y debieron coincidir con Bea Sáez, con Rafa y con alguno de los anteriores en el laboratorio de Física...
Hubo otros que se han ido perdiendo en el camino. Otros, como Jose, aparecieron más tarde, aunque sólo él se quedó.

Ha pasado el tiempo.
Unos estamos más guapos. Otros nunca lo fueron.
Unos están más gordos. Otros siempre lo estuvieron.
Muchos son padres y madres. Pero, en todos, observé un brillo especial en los ojos: el de los Amigos que se alegran de verse, porque se reconocen y porque saben, como diría Marisa, que “hemos crecido juntos”.

lunes, diciembre 03, 2007

Vida de Pi

Vida de Pi”, de Yann Martel es el libro que más me gustó de los que leí en el 2006.
Fue uno de los 2 que me regaló Tachi por mi cumpleaños y, probablemente, el mejor regalo que recibí ese año.
Tiene gracia, porque Tachi pensó que un libro no era un regalo muy original y se arrepentía de no haber comprado un jarrón verde por miedo a que desentonara con la estética de Loftmulo
Loftmulo y yo le estamos eternamente agradecidos.
Desde que terminé de leerlo, se lo he prestado a mis hermanos Iván y David, que lo devoraron, y a mi madre y a mi cuñada Raquel; se lo he regalado a Jorge, a Fernando, a Mario, a Carmen, a A, a Feli, a Auri, a Hida… No me dio tiempo a regalárselo a Jose y a Norbi, porque leyeron el post de Fernando, se adelantaron y se lo compraron, pero me consta que la cadena sigue creciendo: Jorge se lo ha regalado a Lidia y, recientemente, A está distribuyendo ejemplares en portugués en los cumpleaños paulistas…
Por eso quería dedicarle una entrada en este blog.
Es un libro del que es preferible no adelantar nada. Como mucho, comentar lo estupenda y prometedora que es la portada.
Vida de Pi” es sorprendente, está lleno de Sabiduría, pero la mejor definición está en el prólogo, en boca de un desconocido con el que habló Yann Martel antes de comenzar a escribirlo: “es una historia que te hará creer en Dios”…

Claudia


Desde hace unos diez meses, hay un nombre que constituye uno de los sonidos más dulces que yo pueda escuchar. Es un nombre de mujer y es el de mi sobrina: Claudia.
Otra palabra cargada de belleza para mí es el nombre de mi amor: A… Es curioso que cumplan años el mismo día, aunque con un mes y una treintena de años de diferencia…

La foto de este post la tomó mi hermano David en Denia. Era nuestra primera Semana Santa con Claudia. Recuerdo perfectamente el momento en que la tomé en mis brazos y cómo se quedó dormida sobre mi pecho.
Para mí es uno de los momentos esenciales de mi existencia.
Lo escribo sin dudarlo.
Sostener a un ángel en postura de “caída libre” (con las piernas y los brazos abiertos), sentir el calor de su cuerpecito sobre el mío, el ligero vaivén de su respiración, el tacto de la piel de su carita sobre la mía… fue una experiencia que me colmó.
De Felicidad y de Amor.
Le di las gracias a la Vida por sentir esa pureza; esa intensidad.
Y lo sigo haciendo hoy.

domingo, noviembre 04, 2007

Druk Air


Bhután es el nombre por el que conocemos a un reino budista en pleno corazón del Himalaya, pero su nombre original desde el siglo XIII es Druk Yul (“el país del dragón del trueno”).
Hoy en día, la palabra Druk está presente en casi todo lo que tiene que ver con el país: la compañía de gas se llama “Druk Gas”, el hotel en el que estés alojado se denominará seguramente “Druk Hotel” y el nombre de las líneas aéreas nacionales es “Druk Air”.
Druk Air es la única compañía aérea autorizada a volar a/desde Bhután. Cualquier pasajero que viaje a este hermoso reino debe hacerlo en uno de los 4 aviones de los que dispone la compañía para realizar los trayectos que van desde Kathmandú, Bangkok, Delhi y Calcuta a Paro, el aeropuerto internacional del país y la segunda “ciudad” por número de habitantes.
En realidad, Paro es un pequeño pueblo construido alrededor de 2 calles principales y sus 20.000 habitantes se ubican fundamentalmente en las múltiples granjas diseminadas por las colinas circundantes.
Nosotros volamos a Paro desde Kathmandú, la capital de Nepal. Habíamos leído que el trayecto constituye uno de los vuelos comerciales más hermosos del planeta, así que nos plantamos con tiempo en Tribhuvan, el caótico aeropuerto de Kathmandú, para lidiar con los eventuales tours organizados y conseguir 3 asientos con ventanilla en el lado izquierdo del avión.
La hora escasa de vuelo es una impresionante panorámica del Himalaya, un viaje que parece diseñado para admirar la cara sur de algunas de las cumbres más altas del planeta: el Cho Oyu, el Chomolungma (¡el Everest!), el Lhotsé, el Kanchengjunga… Una sucesión de moles nevadas que asoman sus más de ocho mil metros por encima de un mar de nubes.
Imágenes únicas, espectaculares. El techo del mundo al otro lado de la ventanilla de un avión.
Y, de pronto, el verdor de Bhután, con sus bosques frondosos o sus arrozales en terraza.
Y la pericia del piloto adentrándose en uno de los valles, serpenteando y deslizándose por el mismo, acariciando literalmente las laderas de algunas montañas hasta enderezar el avión y posarlo sobre una pequeña pista en el corazón del Himalaya.
Es la manera de darte la bienvenida a un lugar maravilloso: un reino budista llamado Bhután...