Hasta siempre, Papá
El 02 de septiembre de 2008 murió Ángel Rejón Pérez, mi padre.Le quisimos mucho.
Y aprendimos mucho con él.
El cuerpo muere, pero el Ser nunca muere.
Etiquetas: Papá
El Blog de Rómulo Rejón
El 02 de septiembre de 2008 murió Ángel Rejón Pérez, mi padre.Etiquetas: Papá
Yo salía de Madrid a las 07:40 y llegaba a Munich a las 10:10.Etiquetas: haiku, Japón, Viajes, Viajes con A
No sé si es un vicio pasajero, un reto temporal o una necesidad canalizada, pero me he introducido con fuerza en twitter de la mano de Fernando.Etiquetas: twitter blogs amigos internet

“You are very strong”, dijo, de pronto, mirándome fijamente.
Hombre, que se lo digan a Jorge, que va al gimnasio desde hace años, vale, pero... ¿a mí?
Nos empezamos a reír, con cierto nerviosismo, en mi caso, y con incredulidad, en el caso de Jorge y Jose, hasta que el camarero nos aclaró que yo le recordaba a un luchador de Pressing Catch que lleva un pañuelo rojo en la cabeza parecido al mío.
¡Ah!
Esa noche, martes, en un Om Bar casi desierto, nos acodamos a la barra con una cerveza y nos pusimos a ver la televisión. La programación era casi exclusivamente cricket y... ¡Pressing Catch!
Ninguno de los sujetos llevaba pañuelo, pero, con dos compañeros de viaje como los míos, el mal ya estaba hecho y, mi fama de luchador, lanzada irremisiblemente.
Unos días después, regresando del valle de Punakha hacia la capital, paramos en un pueblo a estirar las piernas. A la salida de un colegio, comenzamos a charlar con tres chavales de 8 años: uno, de ojos muy rasgados y sonrisa generosa, con pinta de ser más listo que el hambre; otro, moreno, con ojos grandes, entre indios y nepalíes, que no se quedaba atrás; y el tercero, de mirada pícara, que parecía el más simpático y travieso del grupo.
Tres niños encantadores que hablaban inglés por los codos, como todos los niños en Bhutan.
Nos estuvieron enseñando sus mochilas, sus cuadernos del colegio y sus estuches. Jorge y Jose se percataron de que llevaban pegatinas de luchadores de Pressing Catch, así que se apresuraron a decirles que yo también lo era.
Se les iluminó la cara.
De repente, sólo tenían ojos para mí, llenos de entusiasmo y admiración.
Y una inmensa y deliciosa curiosidad.
Les comenté que trabajaba en muchos países y que mis combates todavía no se emitían en la vecina India o en Bhutan porque una televisión americana tenía la exclusiva. También les dije que, efectivamente, era muy fuerte y, aunque solía ganar siempre, me apiadaba de mis adversarios y trataba de no hacerles demasiado daño…
Claro, también me preguntaron cuál era mi nombre.
…
A mi mente podrida acudió un sin fin de nombres, más propios de un actor porno consagrado que de un luchador.
No podía pronunciarlos delante de unos niños estupendos que ya se encargarían otras experiencias de estropear.
Así que Jorge vino en mi ayuda y, antes de sucediera una catástrofe, espetó: “¡Cracker!”
Así nació mi leyenda de luchador en Bhutan.


Es lógico que Norbi la recomendara.
Once es una película donde la música está presente todo el tiempo.
La película es música.
Aunque también es cierto que la banda sonora sin las imágenes, sin la historia, constituye una experiencia incompleta.
Quedaba poca gente por embarcar y el avión se disponía a despegar rumbo a Sao Paulo, rumbo a mi Amor.
Rumbo a A.
Mi tarjeta de embarque rezaba [vuelo] IB 6827 [puerta] RSU [embarque] 23:30 [asiento] 34L.
Tenía preasignada la ventanilla, pero, al ir a sentarme, comprobé que un señor mayor ya la había ocupado. Así que me senté a su lado celebrando la posibilidad de estirar las piernas por el pasillo.
Me dio tiempo a descalzarme, a ojear unas cuantas páginas del periódico y a encajar en el bolsillo del asiento la guía de Japón que me había propuesto estudiar durante el viaje.
De pronto, otro pasajero se paró a mi lado y, muy amablemente, me hizo saber que yo ocupaba su asiento.
Vaya.
El señor mayor se debía de haber confundido de fila.
Sacamos las tarjetas de embarque y comprobamos, sorprendidos, que los dos teníamos asignado el mismo asiento. Así que le entregué las tarjetas a una azafata para que hiciera las comprobaciones oportunas.
Me comentó que era extraño, que el vuelo estaba lleno y que vería lo que se podía hacer.
Yo comencé a imaginarme las 10 horas de vuelo sentado con la tripulación...
O en el suelo.
Lo único que tenía claro es que no me iba a bajar de aquel avión por mucha confusión u overbooking que pudiera haber habido.
Estuvimos esperando un ratito los dos señores brasileños y yo, comentando, muy educadamente y en portuñol, lo curioso de la situación, hasta que una azafata distinta de la anterior se acercó, preguntó por el “Sr. Rejón” y me tendió una tarjeta de embarque con “mi nuevo asiento”: ¡2H!
Cogí mi mochila y mi chaqueta azul con las letras b, r, a, s, i, l bordadas, me despedí de mis compañeros y me dirigí exultante a la zona Business.
En los vuelos de Iberia que cruzan el charco, los asientos de la zona Business son enormes, se tumban casi como una cama, las azafatas son amabilísimas, te ponen una copita de vino antes de cenar, luego un mantelito y unos cubiertos de verdad, tienes una pantallita giratoria sólo para ti y un montón de películas de estreno donde elegir.
Yo me sentía un poco Alfredo Landa, con mi copa de vino dulce en una mano y mi segundo postre en otra.
Antes de dormir durante más de 6 horas seguidas, decidí ver aquella película que Norbi había recomendado y que había dejado un tanto indiferente a Feli.
Once.
Resultó que era una historia bonita, sencilla, no convencional. ¿De amor?
Dos personajes que se buscan, se equivocan, pero confían en lo que sienten y son auténticos.
Y sueñan.
Y la música de Glen Hansard, el actor protagonista, que está presente todo el tiempo y envuelve la historia.
Me encantó verla.
Es lógico que Norbi la recomendara.
Esta es una de esas entradas que lleva esperando Ismael desde hace algún tiempo.
En primer lugar, es un nuevo post: vale que uno no se plantee escribir todos los días, pero una vez cada 2 meses…
Y segundo: ¡no voy a hablar de A!
¿Seré capaz?
Consejo del día 1: No vuelvas a comer en el Pizza Jardín del centro comercial Moraleja Green.
La verdad es que las opciones para comer en los alrededores de Distrito C empiezan a ser preocupantes.
Alguien vio una cucaracha en su plato en el Tao.
Alguien vio una cucaracha en su plato en el Tony Roma’s.
Conclusión: o hay alguien que, en ocasiones, ve cucarachas, o, en el centro comercial, haberlas hailas.
En el Pizza Jardín, hasta la fecha, yo no he visto cucarachas, pero, después de comer con Puli ayer, lo que me llevé a la oficina fue una gastroenteritis aguda.
Al principio, sientes un malestar general. Después, visitas el baño para comprobar que la diarrea galopante no es patrimonio exclusivo de un viaje a
De pronto, me llama Agustín, que ya estaba al tanto de que no me encontraba bien.
O quizá me echaba en falta en mi mesa “haciendo estrategias”…
La situación en la que me encontraba --sentado en la taza del váter con las piernas dormidas-- no era la más idónea para coger el teléfono, pero fue como si me arrojasen un salvavidas en un momento de desesperación: “me encuentro fatal; creo que necesito que alguien me lleve a urgencias”.
Dicho y hecho.
Este Agustín no es un jefe de Estrategia: es como un padre para nosotros.
En urgencias, sólo esperamos dooos horas a que me atendieran, así que aprovechamos para contarnos anécdotas y experiencias de pupas varias.
Con P de puPas.
Después, me pusieron una vía por la que fueron enchufando suero, primperán (para las náuseas) y paracetamol, y luego me llevaron a hacerme una placa.
Ese fue el momento.
Cuando me pidieron, que me subiera la camisa, me bajara los pantalones y me tumbara en la camilla, en ese orden, me acordé.
¿Conoces el clásico slip cutre blanco, marca “Sporting”, comprado a dos duros en el mercadillo de Denia, que te deja fuera alguno de los huevecillos?
¿Ese que no te pones nunca, a menos que no exista ninguna posibilidad de que alguien te vea en ropa interior?
¡Vamos, hombre! Todo el mundo tiene (o ha tenido) alguno de éstos.
Pues yo me acordé en ese momento de que lo llevaba puesto…
Consejo del día 2: Viste siempre tus vergüenzas de gala. Nunca sabes a qué altura te quedarán los pantalones al final del día.